Adaptaciones Literarias
Por: Luis Eduardo Báez

Lo que el Viento se Llevo, La Edad de la Inocencia, La Naranja Mecánica, El Halcón Maltes, Desayuno en Tiffany's, El Sueño Eterno, Matar a un Ruiseñor, Grandes Esperanzas, El Señor de los Anillos. Todos estos filmes estuvieron basados en novelas celebres.
Una profunda admiración por los autores literarios, llevo a cineastas como Akira Kurosawa y Luchino Visconti a filmar las obras de Dostoievski (El Idiota y Las Noches Blancas), a Orson Welles a filmar a Shakespeare (Othelo, Macbeth y Campanadas a Medianoche), a David Lean a filmar a Dickens (Grandes Esperanzas y David Copperfield), y la lista podría continuar.
El cine nace y evoluciona rápidamente (debía acelerar el paso para no quedarse detrás de las demás artes). Las novelas, los cuentos y las obras dramáticas, darían una cantidad inmensa de material para ser trasladado a la pantalla grande. Y con la pequeña ayuda de la literatura, el pobre espectáculo de feria que había sido considerado el cine en sus inicios, se trasladaba a los enormes teatros cinematográficos para deleitar a personas de todas las edades y clases sociales. Las historias que desfilaban ante sus ojos podían ser heroicas, bélicas, históricas, dramas cotidianos, comedias absurdas, investigaciones policíacas, o viajes a través de mundos y universos desconocidos.
¿Adaptación o no adaptación?
«El cine puro» es una tema que ha dado de que hablar entre los cineastas y los críticos. Sus defensores se lanzan al ataque del teatro sobre todo. Pero en cuanto a todo lo que han tomado prestado de la literatura (estructuras, diálogos y elipsis), lo toman sin chistar apenas. Este es el caso de Alfred Hitchcock y Robert Bresson, ambos grandes adaptadores de autores como: Daphne du Maurier, William Irish, Geroges Bernanos o Diderot. Incluso, el siempre radical, Jean-Luc Godard, no se resistiría a hacer en 1963 una adaptación de El Desprecio, la novela de Alberto Moravia.
«No existe película sin libro cinematográfico», me dirán algunos, con algo de razón. Pues por más pequeños y abstractos que sean los apuntes en los que se basa un filme, ya puede considerarse un guión, uno informal, pero guión a fin de cuentas. Pero en cuanto a lanzarse a las calles solo con la cámara y sin ninguna idea preconcebida de antemano, pocos han tenido la osadía y el valor para hacerlo. Este podría ser el caso (al menos en parte) de cineastas como Dziga Vertov o Joris Ivens; de documentalistas o videoartistas abstractos en su mayoría. Pero cuando se trata de abordar la ficción, los actores y el equipo esperan indicaciones, diálogos y acciones para que registre la cámara.
Algunos realizadores como Godard o Wim Wenders (e incluso el genial e irreverente director hollywoodense, Billy Wilder), se lanzan a la aventura del rodaje con un guión incompleto en sus manos. En La Noche Americana, dirigida por Francois Truffaut (una historia de ficción acerca de un equipo tratando de terminar una película), hay una escena en la que el director no le entrega los diálogos a su joven y bella actriz, hasta la noche anterior del rodaje de su escena. Esto demuestra un poco la manera informal, y no exenta de improvisación, en la que trabajaban.
En resumen, tal vez el «cine puro» no sea más que una gigantesca tomada de pelo. Pero, de nuevo, debemos contradecirnos un poco: el realizador tiene todo el derecho del mundo a creer y pontificar en lo que se le antoje, con tal de que enriquezca su propio universo cinematográfico; cerrado, si, pero personal y emocionante para sus fieles espectadores.
¿Fidelidad o no fidelidad?
Primero que nada, la cuestión es: ¿Fidelidad a que? Los peores cineastas del mundo (y a veces algunos de los mejores) caen en la cuenta de que deben respetar a los personajes principales y el orden original de la narración de una novela. Otros, no mucho más diestros que los anteriores, se lanzan a cambiar por completo el sentido de una novela en aras de lo «cinematográfico», no logrando más que un boceto pobre e inferior a la obra original. A diferencia de los anteriores, cineastas como Scorsese, Kurosawa y Truffaut, se preocupan en sus adaptaciones más por la fidelidad de espíritu, sin temer cambiar el orden de los eventos, el lugar de la acción o incluso poner palabras en boca de otro personaje; todo con tal de mantener la intensidad y el poder emotivo de la novela dentro del filme.
Kubrick, el eterno adaptador
Un caso aparte, aunque no del todo contrario a los anteriores realizadores mencionados, es el norteamericano Stanley Kubrick, el cual consagro prácticamente toda su filmografía (exceptuando sus primeros trabajos amateurs) a la adaptación de novelas. Pero su fidelidad dista mucho de ser absoluta. Los fanáticos de las obras originales difieren un poco en cuanto a si los filmes le hacen justicia o no a las novelas, mientras que los cinéfilos les aplauden en su totalidad. Veamos algunos ejemplos de estas digresiones.
El Resplandor, un filme de culto en el genero del terror, cuyo autor, el siempre imaginativo, Stephen King, estuvo en desacuerdo con la película, ya que, en sus propias palabras, poco tenia que ver con lo que había escrito.
En 1964, Kubrick convierte un thriller acerca de la guerra fría, la novela Red Alert, en una comedia ácida para su Dr. Strangelove.
En cuanto al único filme que no suponía una adaptación de un libro, 2001: Odisea del Espacio, seria solo una excepción a medias, ya que Kubrick trabajo mano a mano con Arthur C. Clarke, un escritor consagrado a la ciencia ficción, quien al mismo tiempo trabajaba en el guión y en la novela (de manera similar a como haría Graham Greene con El Tercer Hombre).
¿Cine Vs Literatura?
La voz en off es otro elemento común a la hora de abordar una adaptación. Algunos realizadores (como los ya mencionados, Truffaut y Scorsese) la han usado magistralmente, de una manera poética, añadiéndole un dimensión distinta a lo que se ve en pantalla. Otros (casi siempre los críticos), consideran la voz en off un elemento anti-cinematográfico. Pero yo les replico a estos señores: ¿Existe hoy en día un arte puro? Buscar un arte puro, ¿no es al mismo tiempo buscar una cadena nueva de convenciones, de la que nos cansaremos con el tiempo? Exigir un arte puro, ¿no es un atentado en contra la libertad del artista?
Hoy en día nos es posible hablar de la inspiración que el cine ha tenido en la literatura (dejando a un lado las múltiples novelizaciones que se han hecho de filmes conocidos). Los personajes de la novela del siglo XX habitaban también las salas oscuras, soñaban junto a los hombres y mujeres que desfilaban ante sus ojos.
En una conversación entre el realizador canadiense, David Cronenberg y el escritor Hindú, Salman Rushdie. Cronenberg sostenía firmemente que la literatura era por mucho superior al cine, mientras que Rushdie le replicaba que era al revés, expresando su deseo de poder hacer una película algún día. En lo personal, no me queda ninguna duda de que ambos artes seguirán yendo de la mano mientras existan.
Representar al hombre, buscar nuestro lugar en el universo, conocer y aprender de nuestra propia naturaleza, sentir de la misma manera que el prójimo (pues los sentimientos nos hacen iguales ante los demás). ¿Que no han hecho el cine y la literatura por nosotros?