200 años de letras
Por: Staff Comala
Doscientos años de Independencia. Doscientos años de tristezas y alegrías, lamentablemente más tristezas que alegrías. Doscientos años donde nos hemos parido un montón de veces para recomponer el camino. Hoy nos encontramos en uno de nuestros puntos más bajos. Hoy la sociedad se siente hastiada de los males que hemos acumulado: violencia, desigualdad, corrupción, malos gobiernos. Hace doscientos años y hace cien, se emprendieron movimientos que pretendían cambiar las malas formas del gobierno. Que buscaban ser un revulsivo para enmendar el camino. Hoy no necesitamos las armas para lograr el cambio que necesitamos, hoy basta con voltear a lo que somos buenos, a nuestras virtudes a nuestras cualidades.
Dentro de nuestras virtudes, fortalezas, cualidades o como quieran llamarle se encuentra el arte. Se encuentran las expresiones artísticas, somos culturalmente ricos. Pero hemos perdido la sensibilidad. Es momento de retomarla, es momento de volver al arte, de volver a las letras, cine o la plástica. Por eso decidimos, dejar un breve retazo de lo que las letras han hecho por nosotros. Te presentamos a cinco autores, quizás ya los conozcas, pero siempre es bueno volver a las bases. Cinco autores que durante nuestra historia han engrandecido a nuestro país. Emociónate. Ríete. Disfruta. Ama. Sueña. Y CREE. CREE en tu país y en ti. Sé una Revolución. Seamos una Revolución.
- Nezahualcóyotl: Nuestra historia empieza antes de los españoles. Nuestra historia nos hizo grandes mucho tiempo atrás. Este Tlatoani demuestra que somos arte y que somos una sociedad con muchas caras. Desde el inicio de los tiempos el poder del alma fue importante.
Yo lo Pregunto
Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
- Ignacio Manuel Altamirano: En los años previos a la Revolución y durante la misma hubo un florecimiento de las artes. Altamirano fue uno de los más avanzados en su tiempo, a través de sus textos demostraba la lucha constante del mexicano. Leerlo es entender lo que somos y pensamos.
El Zarco
Entre tanto, y a la sazón que Manuela examinaba sus nuevas alhajas, el Zarco, después de haber dejado las orillas de Yautepec, y de haber atravesado el río con la misma precaución que había tenido al llegar, se dirigió por el amplio camino de la hacienda de Atlihuayan al montañoso por donde había descendido y que conducía a Xochimancas. Era la medianoche, y la luna envolviéndose en espesos nubarrones, dejaba envuelta la tierra en sombras. La calzada de Atlihuayan estaba completamente solitaria, y los árboles que la flanquean por uno y otro lado, proyectaban una oscuridad siniestra y lúgubre, que hacían más densa los fugaces y pálidos arabescos que producían los cocuyos y las luciérnagas.
El bandido, conocedor de aquellos lugares, acostumbrado como todos los hombres de su clase, a ver un poco en la oscuridad, y más que todo, fiado en la sensibilidad exquisita de su caballo, que al menor ruido extraño aguzaba las orejas y se detenía para prevenir a su amo, marchaba paso a paso, pero con entera tranquilidad, pensando en la próxima dicha que le ofrecía la posesión de Manuela.
Por fin, aquella hermosísima joven, cuya imagen había enardecido sus horas de insomnio durante tantos meses, cuyo amor había sido su constante preocupación, aun en medio de sus más sangrientas y arriesgadas aventuras, y cuya posesión le había parecido imposible cuando la vio por primera vez en Cuernavaca y se enamoró de ella, iba a ser suya, enteramente suya, iba a compartir su suerte y a hacerle saborear los dulcísimos deleites del amor, a él que no había conocido hasta allí verdaderamente más que las punzantes emociones del robo y del asesinato.
- Octavio Paz: No es simplemente su Premio Nobel, sino su Laberinto de la Soledad, obra donde descifra al mexicano y nos da nuestra dimensión correcta. Su poesía revivió a un México de nuevo convulsionado.
Frente al mar
1
¿La ola no tiene forma?
En un instante se esculpe
y en otro se desmorona
en la que emerge, redonda.
Su movimiento es su forma.
2
Las olas se retiran
¿ancas, espaldas, nucas?
pero vuelven las olas
¿pechos, bocas, espumas?.
3
Muere de sed el mar.
Se retuerce, sin nadie,
en su lecho de rocas.
Muere de sed de aire.
- Carlos Fuentes: Sin duda el escritor vivo más importante de nuestro país, definitivamente, y como todo, viene a menos. Pero su legado es considerable y dentro de sus novelas están dos que sin duda se encuentran dentro de las mejores de todos los tiempos: La Región más transparente y La Muerte de Artemio Cruz.
La Región Más Transparente
"Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Afrenta, esta sangre que me punza como filo de maguey. Afrenta, mi parálisis desenfrenada que todas las auroras tiñen de coágulos. Y mi eterno salto mortal hacia mañana. Juego, acción, fe -día a día, no sólo el día del premio o del castigo: veo mis poros oscuros y sé que me lo vedaron abajo, abajo, en el fondo del lecho del valle. "
- David Toscana: Mucho se habla de que si la literatura actual está a la altura de nuestros grandes antecesores. Se ha criticado mucho nuestra “pobreza” creativa. Dentro de las letras que valen la pena o que han demostrado gran valía se encuentra la de Toscana. Que sin ser de la Capital se va abriendo paso.
El Ejército Iluminado
En el 467 de la calle Degollado hay un consultorio médico. Su fachada fue renovada de tal modo que es imposible reconocer en él la vieja casa donde vivieron Ignacio Matus y el gordo Comodoro. Ahora está pintada de azul y blanco, y un letrero luminoso declara que se curan males respiratorios. En la sala, donde tantos lances se relataron, donde hubo humo de cigarro, partidas de dominó, cerveza y carcajadas y silencio, hoy se encuentra una mujer que pregunta ¿en qué puedo servirle? a quienquiera que entre. Hasta antes de la remodelación podía verse en el patio frontal un monumento erigido por los amigos de Matus. Se trataba de un montículo de hormigón, tal vez emulando el cerro de la Silla, en cuya cresta se acopló una placa metálica con la leyenda: Ejército iluminado, 1968. Para hacerle sitio a tres cajones de estacionamiento, dos hombres aporrearon el montículo con pico y mazo hasta reducirlo a escombro. Nadie se interesó por conservar la placa, y sin duda fue fundida en un lote de chatarra.
El último vagón del ferrocarril se pierde tras una curva cercana a la estación de Monterrey. Aunque todavía se escucha a lo lejos el chirriar de las ruedas y el traqueteo de metales, para Román y Santiago el ambiente se serenó tan pronto el maquinista dejó de insistir con su silbato. ¿Qué se hace en estos casos?, pregunta Santiago. No lo sé, dice Román y se rasca la cabeza en una actitud de duda que cree necesaria para esos momentos, tal vez debemos esperar a que llegue la policía o una ambulancia o la prensa. En las vías del tren, a unos pasos de ellos, yace un cuerpo cortado en tres o cuatro partes. Es de noche y los colores se han vuelto matices de gris y negro. Imposible distinguir entre el aceite que derraman los trenes y la sangre; la piel del muerto es plomiza; el verde olivo de su pantalón, pardo. Sólo los botines se ven tan negros como de día. ¿Y si pasa otro tren?, pregunta Santiago. Román tuerce los labios y enarca las cejas. He escuchado que a los soldados se les salen las botas cuando mueren. Es un mito, dice Santiago, ocurre que se las roban, luego viene alguien, los mira a todos descalzos y acaba por inventar una historia. Ambos se hallan sentados en la tierra. ¿Y qué me dices de una granada?, Román arroja una piedra hacia la avenida contigua; de cuando en cuando pasa un auto o un camión, pero ningún conductor o pasajero repara en ellos. Santiago asiente y se incorpora en un proceso lento, las piernas le responden con crujidos. Con una granada las cosas cambian, se te salen botas, calzones y orines. Capta el olor de la cercana fábrica de cigarros y elige cambiar el tema porque jamás ha visto un muerto por granada. Huele a tabaco, dice, igual que siempre, como si hoy fuera un día cualquiera.