Ciencia Ficción Mexicana

Por: Juan Carlos Snyder

En el cine mexicano,  la ciencia y la magia resultan con frecuencia indistinguibles, la figura del científico se confunde con personas que oscilan entre la medicina y la hechicería. Es en 1935 cuando aparecen los antecedentes fílmicos de nuestra ciencia ficción, precisamente con este personaje. Se filman dos películas donde la ciencia tiene un papel trascendental: El misterio del rostro pálido, dirigida por Juan Bustillo Oro; y Los muertos hablan, de Gabriel Soria. En la segunda de estas historias, un doctor expone una nueva teoría en la cual supone que la última imagen vista por la persona que muere, queda grabada en la retina. Según Guillermo Vaidovits la hipótesis plasmada en la retina fue propuesta, en 1865, por un tal doctor Bourion a la Sociedad de la Medicina Legal de Francia y llegó a conocerse con el nombre de Optografía.

En 1936 aparecerán dos películas donde el científico, ya enloquecido, no se detiene ante nada para seguir con sus experimentos; secuestrar, mutilar y asesinar no son palabras de peso cuando de arrancarle sus secretos a la naturaleza se trata. El superloco, de Juan José Segura, es la historia de dos científicos dedicados a la investigación de la telepatía y utilizan este poder para realizar sus crímenes. En El baúl macabro, de Miguel Zacarías, un científico intenta curar la parálisis de su esposa por medio de transfusiones sanguíneas de mujeres jóvenes, a las cuales asesina y mutila. La última cinta con estas características es Herencia macabra, de José Bohr (1939).

Cantinflas será en primer cómico vestido de científico en El supersabio (Miguel M. Delgado, 1948); pronto aparecerá el primer científico luchador; nada menos que El Enmascarado de Plata (René Cardona, 1952) interpretado por Enrique Llanes, y más tarde surgirán unas hermosas científicas como Sasha Montenegro en Santo contra la hija de Frankenstein (Miguel M. Delgado, 1971) y Angélica María en Novia electrónica (Rafael Baledón, 1971), o El Premio Nobel del amor, título con el que proyectó finalmente.

Pero no siempre el científico fue ridiculizado por el cine mexicano, mentón aparte merece la adaptación fílmica nacional de The invisible Man: a grotesque romance, la novela de Herbert George Welles de 1897, donde Arturo de Córdoba interpreta al hermano de un hombre de la ciencia (Augusto Benedico) quien, después de probar la sustancia de invisibilidad, va perdiendo la cordura como efecto secundario. El hombre que logró ser invisible (Alfredo B. Crevenna, 1957), además de contar con actuaciones muy verosímiles de Ana Luisa Peluffo y Arturo de Códoba, tiene un impecable desempeño técnico, al grado de haber merecido, en París, el premio Cámara de Oro por sus efectos ópticos.

El científico tendrá especial trascendencia cuando su invento consista en un ser vidente, es decir, las adaptaciones y derivaciones de Frankenstein. En el cine, la productora estadounidense Universal Pictures realizó, dirigida por James Whale en 1931, la adaptación más influyente del libro de Shelly, donde el escritor londinense, William Henry Pratt, mejor conocido como Boris Karloff, encarna al personaje con un maquillaje sumamente inquietante; desde entonces el personaje se apropia de características físicas como son la cabeza cuadrangular y la cicatríz que cruza la frente. Posteriormente la criatura tendrá dos cambios importantes: pasar del orgánico ser monstruoso al ser inorgánico, al robot, criatura mecánica producida en serie por la tecnología; y finalmente regresará del ser inorgánico al orgánico en la figura del clon, la tenebrosa criatura que resulta imposible diferenciar de nosotros mismos.

 
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