Cóncavo y convexo

Por: Tanya Yizell

Al encontrarse de frente, el abrazo surgió como reflejo. Luego de breves segundos, el cuerpo parecía estorbar. No hacían falta palabras. Los sentimientos de amor y el ardor nublaron el entorno. Aún no se ganaban el título de amantes y no querían esperar más.

El camino estaba invadido de eternidad, y su voz… No era capaz de escucharlo sin humedecer su intimidad. “No hables —pensaba ella— solo quiero llegar”.

En la habitación se complicó el inicio. El coordinado demandaba ser arrancado del cuerpo, pero ella pidió ternura; un inicio sutil, sublimado por velas aromáticas y pétalos de rosa en la cama.

Quería todo: ternura, chocolate fundido, caricias, aceite tibio y, sobremanera, deseaba su amor penetrando su cuerpo, su alma, su vida, mientras soñaba que sería eterno.

Cambiaron el breve diálogo por besos de intensidad. Luego él desabotonó su blusa, y el aroma a jazmín los invitó a tumbarse sobre los restos de rosas que decoraban la pureza de la cama. El pantalón se perdió sin que se dieran cuenta. El resto… también.

Mientras altiva y cálida se acomodaba de perfil, él se mantuvo tras ella besando su espalda, su cuello y el costado de su seno.

Sentía que explotaba. No pudo contenerse. Se abalanzó sobre él, y sentada en sus piernas inclinó su ardiente silueta sobre su rostro para besarlo. Sintió deseos de llorar, pero no podía permitirse desperdiciar el escaso tiempo en que coincidieron y se concedieron.

Con sus piernas como tijera apretó el asta de fuego de su hombre y, delicadamente, siguió besando su cuello, su torso, el costado de su cadera, mientras se deslizaba hasta la gloria.

Como cóncavo y convexo embonaron en un candente momento al unir sus cuerpos. Los pensamientos se alejaron de la razón. Los gemidos, la humedad, el sudor y el sabor de la piel se situaron en la mayor de las jerarquías.

Ambos consumaron el ritual del placer con la intensidad indescriptible de quien saborea lo más delicioso de la vida.

Ella, extasiada, se recargó sobre él. Sus manos masculinas y llenas de ternura continuaban recorriendo el cuerpo curvilíneo con satisfacción. Fijaron su mirada unos segundos, se besaron, y ella por fin lloró. Él la acercó a su pecho. “Eres muy importante para mí” —susurró con virilidad—. Luego le besó el cabello. Ella no pudo hablar. En silencio deseaba eternizar el momento y poder expresar en voz alta: “¿Por qué no te quedaste conmigo?”.