Ensayando con Saramago
Por: Rubén Eduardo
Este fin de semana hemos perdido a dos grandes escritores: José Saramago y Carlos Monsiváis. Los dos merecen todos nuestros respetos. A manera de homenaje al escritor Portugués publicaremos un Ensayo sobre su novela icónica: Ensayo sobre la Ceguera. Y la siguiente semana rendiremos reverencias al cronista mexicano.
La literatura es la mejor manera de preservar la historia y los sentimientos de los hombres, no encuentro otra manera de postergar nuestro legado para las generaciones futuras que no sean las novelas. Muchos dirán que existen otros métodos, que quizás los científicos o historiadores sean los mejores para preservar nuestro legado, pero es en las historias humanas donde se encuentran todas las verdades y todos los problemas, asumiendo y sabiendo que la palabra “todo” no deja conceptos o definiciones fuera. Por estos motivos Ensayo sobre la ceguera es una novela digna de ser mencionada y usada para analizar al hombre. Partiendo del salvajismo del hombre, del canibalismo espiritual y social que los seres humanos somos capaces de engendrar y esparcir, la novela nos muestra uno de los lugares más oscuros y que logran sacar a flote nuestras mayores condiciones primitivas: la supervivencia.
Con una trama sencilla, la capital de un país que puede ser cualquiera empieza a sufrir una epidemia de ceguera “blanca”, blanca porque al morir todos vemos el túnel y la luz que nos llama, haciendo una clara referencia a que vivir sin ver y morir es lo mismo; uno a uno van cayendo enfermos los miembros de la ciudad, desatando un desquiciamiento colectivo, que llevará a tomar medidas desesperadas a los gobernantes y los ciudadanos. Lo importante es ver cómo la ausencia de una característica humana puede llegar a desatar tanta locura. Como una simple luz blanca que no deja ver más allá de tu nariz puede transformar al hombre y convertirlo en un ser salvaje. Un ser que pierde los escrúpulos y los valores, que quizás nunca llevó dentro, con el único fin de mantenerse vivo, aunque tenga que pasar por encima de los demás humanos.
Muchos van a decir: ah es ficción eso no puede pasar, cómo vamos a quedarnos todos ciegos y comernos, no de manera literal, los unos a los otros. Basta echar una mirada a nuestro globo terráqueo para darnos cuenta de que lo que sucede en la novela está sucediendo en la actualidad, de lo que sucede en 329 página del libro, en su edición de bolsillo, está ocurriendo en muchos lados del mundo. Observemos simplemente lo que sucede en Haití, un país sumido en la crisis por años, y que un movimiento de las placas tectónicas han venido a agravar sus problemas, desatando una histeria dentro de la población, sacando a flote sus instintos más humanos para lograr sobrevivir. Dentro de nuestras cómodas casas vemos las escenas de los hombres que se pelean la comida, que entran a los supermercados o tiendas y pelean por una barra de pan, ellos no pelean porque no ven, pelean por algo más valioso: la seguridad. La seguridad de saber que al llegar a casa tendrán las condiciones sociales y económicas para vivir en completa felicidad con su familia. Y para agravar las situaciones vemos la mano del todopoderoso gobierno de los Estados Unidos que despliega sus Fuerzas Armadas en la capital haitiana con el fin de tomar el control y restablecer la paz. Las ganas del poder también ciegan. Las ganas de comer también ciegan.
Ahora si el desastre de Haití no los convence de cómo los humanos nos podemos degradar tanto para sobrevivir, argumentando que un desastre natural no cuenta. Pongamos de ejemplo la violencia. Como en la novela de Saramago en Monterrey un día nos despertamos y teníamos balas por todos lados. Como en la novela de Saramago la vida transcurría con normalidad, la gente paseaba en sus coches, iba a su trabajo o la escuela. Felices y orgullosos por pertenecer a una sociedad donde todo es grandeza y todo es bienestar. Ese placer personal que da sentirse seguro de todo. Y antes de que cambiara el semáforo a verde lo perdimos todo, de nuevo esa palabra tan abarcadora como lo es “todo”, suena trillado y lugar común, pero sí, la grandeza que teníamos o sentíamos que teníamos se fue. Dándose el nacimiento de una epidemia que no vimos venir, una enfermedad social que debimos de combatir cuando pudimos, porque no es algo de lo que sólo el Gobierno sea culpable, es culpa de todos. La desigualdad alcanzó su punto máximo, los malos manejos gubernamentales y nuestro desden a los menos favorecidos. Los orillamos a buscar una forma de mantenerse con vida, literalmente, los sectores populares: Independencia, los Fomerrey, Sierra Ventana o Republica crearon una sociedad sin esperanza de vida, sin esperanza de sobresalir, sin esperanza de educación, se les fueron cerrando las puertas de las escuelas, las puertas de la sociedad porque andan en camión y no viste de marca. Ante la necesidad de tener con que comer cayeron en el crimen organizado. Y las ciudades se comenzaron a llenar de balas, de muertos y de caos. Caos que aborrecemos pero del que somos culpables. Porque hay una ceguera “blanca” que nos impide ver que alguna vez de nuestra vida hemos sido impunes y corruptos. Hemos buscado los medios para la supervivencia social. Nos hemos degradado como sociedad, le aplaudimos a actos atroces pero condenamos a los de los demás. Nuestro ego de regios. Nuestra ceguera “blanca”.
En la novela se forma un grupo de ciegos dominantes, que a cambio de darle alimentos a los demás piden el derecho de pernada. Lo que crea un nuevo orden, donde la riqueza te da un poder absoluto en todos los sentidos. Yo cuando leía la novela y como una a una las mujeres iban cayendo sentí que eso estaba pasando en México, quizás no les entregábamos a nuestras mujeres a los más ricos y poderosos del país, pero si les entregamos una pequeña parte de nuestras vidas a cambio de que nos den los servicios que ofrecen para vivir mejor: teléfono, televisión, alimentos o cualquier otro. En nuestra republica mexicana la riqueza se encuentra excesivamente concentrada, unos cuantos tienen más dinero de lo que 99,999,900 millones tenemos. Estos grupos de poder tienen todos los privilegios que uno se pueda imaginar: pagar menos impuestos, estar por encima de la ley, crear y deshacer leyes que no les convengan, eliminar a la competencia de manera desleal, poner y quitar políticos a su antojo. Uno entiende, o trata de entender, lo despiadado que son los ciegos con “poder”, lo que no es fácil es entender lo que sucede en nuestro país. Como no se generen decisiones que fortalezcan como sociedad y país, que nos hagan crecer y dejar que unos cuantos gocen privilegios mal sanos, que lo único que logran es sumirnos más en la crisis social en la que vivimos. Porque en este aspecto también tenemos una epidemia: el hastiamiento. La sociedad mexicana se encuentra en su punto más alto de cansancio hacia la clase política que tenemos, hemos dejado de creer y dejado de confiar en ellos. Lo que nos lleva a tomar medidas desesperadas para trata de sobrevivir a la vida difícil y tormentosa que representa el aumento desmedido de impuestos y alimentos. Es inaceptable que ellos en la bonanza económica en la que viven no se pongan a pensar que nosotros también tenemos derecho a vivir bien, a aspirar a lujos y comodidades. En la precariedad es cuando vemos la verdadera cara de los humanos. En la precariedad es cuando de verdad vemos de qué están hechos nuestros políticos.
En la novela hay una sola persona que puede ver: la esposa del médico. La cual es nuestro conductor por la trama de la historia. ¿Es la mujer el Dios que tenemos arriba y nos está vigilando? ¿Es la mujer nuestra conciencia que ve las aberraciones que cometemos y se queda callada? ¿Es la mujer el poco amor que aún queda? La mujer quiere influir en la vida de su pueblo, salvarlos y entregarle un futuro mejor. Pero no puede es un simple espectador del circo de la vida, de la alegoría de la muerte en vida. Igual que nosotros podemos pasar como simples espectadores, con la diferencia que nosotros si tenemos el poder de actuar y cambiar las cosas. Poco a poco las cosas se van acomodando para la expansión de la ceguera “blanca”. A cada paso que damos más personas van cayendo, más personas se ven consumidas por la insensibilidad que la vida nos ha otorgado. Se van cayendo los mitos de sociedad grande y poderosa. Se van cayendo las prendas finas y caras. Vamos quedando desnudos, indefensos y temerosos. Quizás cuando cambie el semáforo a verde perdamos la vista social. Quedaremos ciegos ante la violencia, la impunidad, la desigualdad y el amor. Ensayo sobre la ceguera tiene un final feliz, hay un final esperanzador, el cual puede llenarnos de alegría y de hacernos creer, que como en la novela, que nos ayuda a saber que no hay diferencia entre la verdad de los libros y la verdad “verdad, tenemos una esperanza, pequeña pero ahí está. Que cuando cambie de nuevo el semáforo y volteemos a ver el cielo la vida sea otra, pero sólo sepa otra si nosotros la construimos.
Y muchos años después habrá una novela sobre nosotros, una novela sobre los regiomontanos, sobre unos regios que viven en medio de las balas, que viven con el miedo pegado en las costillas, con el miedo y el crucifijo. Habrá otro ensayo que diga que la literatura es el mejor medio para preservar el legado. Citarán otra novela y otros personajes. Pero será lo mismo. Una ciudad detenida por el semáforo que empieza su andar, pero en medio del andar hay una ceguera blanca que lo paraliza todo y lo llena de nada. Ante la nada lo único que importa es sobrevivir.