Las Teclas de Brida 5
Por: Brida
Las mujeres somos cosa seria. Competimos entre nosotras con la habilidad de una liebre.
Me encontré con una amiga, luego de una larga temporada, físicamente no está muy diferente, me dio gusto verla, aunque me hubiera dado más si ella estuviera gorda, cacariza, con el tinte de dos colores y así. Después de la coincidencia nos fuimos por un café, platicamos poniéndonos al día de nuestras vidas.
Cuando inició el tema de lo mal que le iba en cuestión de pareja, mi alma comenzó a llenarse de júbilo. ¡Así somos las féminas! Obviamente no admití que yo estaba en las mismas circunstancias. ¿A qué se debe dicho placer? ¿A saber que no soy la única? ¿A sentirme un poco menos desgraciada por la desventura de otra? ¿Es una herencia cultural? Anyway, la cosa es que entre mujeres nos malviajamos por competencia.
Hace unos años solía salir de antro con un tío gay, joven y muy guapo, recuerdo con nostalgia que al entrar a algún bar, inmediatamente las miradas de hombres y mujeres me recorrían. Un día mi tío me preguntó ¿Te ha pasado alguna vez que llegues a algún lado y nadie te pele? –obvio no- respondí… y hasta hace muy poco recordé el suceso, justo con mi amiga del reencuentro, que es mas alta que yo, cabello castaño, ojos verdes, ceja poblada, bueno, hasta yo, puedo reconocer que es muy bella.
En el café yo trataba de animarla, diciendo que no tiene porqué esperar una exclusividad de un pelado, cuando ella podía tener al que quisiera, y que además debe ser muy monótono estar con un sólo hombre por siempre. Es como comer huevo todos los días, le dije. Ella sonrió con desgano y notó que su cajetilla de cigarros estaba vacía, antes de que yo terminara de analizar mi bolsa en busca de algún remplazo, dos chicos llegaron inmediatamente con tabaco y lumbre, y no lo digo solo de manera literal.
Seguimos hablando sin mucho afán, nos despedimos con gusto y prometimos volver a reunirnos pronto. Una vez en casa, pensé en cómo he perdido el sex apelle, cuándo deje de notar que las miradas ya no se dirigen a mí, al menos no como antes, pensé también en esos días gloriosos, donde bastaba un coqueteo disimulado para recibir una bebida, incluso de tipos acompañados y cómo me encantaba reírme de ellos con mis amigas, siempre alegando que lo hacía para demostrar que el hombre es “instinto animal puro” que basta un escote, minifalda o un pantalón ajustado para lograr: desde una salida al cine hasta un departamento con coche a la puerta.
¡Instinto puro! ahora a mis treintas, desearía haberme burlado menos, pues más de uno, me quiso bien, me propuso matrimonio, me ofrecía su vida. Yo pensé que el encanto seria por siempre, yo consuelo a mi amiga aparentando que no pasa nada, que la soltería es genial, que estamos en la plenitud, pero luego, con la soledad que me acompaña cada noche, con la cama que se crece mientras transcurre la madrugada, con los amigos que cada vez están más ocupados entre sus hijos y sus trabajos, me detengo a pensar en cómo sería mi vida si hubiera aceptado casarme con alguno de los cuatro que me lo propuso.
Tal vez una mujer tan feminista como yo, no debe casarse nunca, tal vez yo nací para gozar la vida sin ataduras, para divertirme, encerrarme, viajar, tener sexo, etc. sólo cuando yo lo disponga. Sin embargo, aunque la mayoría del tiempo lo paso bien, hay otras ocasiones en que digo ¿Para qué diantres me sirvió ser feminista?