Noviazgo en los 60´ del Siglo XX
Por: Esteban Ovalle Carreón
TODA MI VIDA HA SIDO ASÍ, -le confiaba a su mejor amigo-. DESDE QUE TUVE USO DE RAZÓN he querido saber. Si. Saber más. Siempre he querido saber muchas cosas. Eso es todo. ¿Existe Dios? Claro que si –contestó su amigo-. Pues fíjate que desde niño tuve muchas dudas y nadie me explicó por ejemplo quién escribió la biblia y para qué sirve. ¿Por qué, habiendo tenido tantas amiguitas y novias que se peleaban por mí tuve que amar a determinada mujer? Dicen los que saben que habitamos en el mundo siete mil millones de seres humanos, de los cuales más de la mitad son hembras, mujeres, féminas; exijo que alguien me explique, porqué tenía que enamorarme de ella, caray. Habiendo tanto espacio en el planeta y coincidir.
Nunca pretendí amarla, amigo. A las demás mujeres tampoco. A ninguna. Es más, ni siquiera la busqué. ¿Qué fuerza desconocida me llevó esa tarde al tejabán donde se aburría sentada en medio de dos amigas mayores que ella, con la mirada dirigida hacia la puerta, que hasta parecía que me estaba esperando? Había fiesta familiar. ¿En qué pensaba ella? Te lo diré. Hacía dos escasos que había cumplido 15 años y seguramente veía todo color de rosa y tal vez soñaba, como todas las románticas quinceañeras de los años sesentas, en conocer a su príncipe azul. Yo tenía 21. Fíjate que esa tarde yo tenía otros planes. Estaba esperando a un amigo para asistir a un baile. Él era el invitado y yo el suyo a la vez. ¿Qué extraño destino me condujo de la mano hacia ella? En compañía de sus amigas lucían sus mejores galas, peinados y tocados. Llegué. Pero claro, no era a mí a quien estaba esperando. ¿O sí? Desde el umbral le hice la clásica señal: ¿Bailamos? y más que rápido se levantó. Del tocadiscos salía la música de un danzón -¿Rigoletito?- Sentí que el corazón se me salía del pecho por la emoción. No podía creerlo. Estaba bailando con la mujer más linda, bella y hermosa que había visto en mi vida. Quiero suponer que esperaba ver entrar por la puerta a alguien muy especial que la sacaría a bailar y sostener una plática inteligente y tal vez lo único que escuchó de mí fue una sarta de estupideces.
No soñaba, amigo ¡la tenía entre mis brazos! De repente, asustadas, sus amigas dijeron “aguas, ahí viene tu hermano”, y sólo pude bailar esa pieza. No tuve la oportunidad de preguntarle su nombre, ni dónde vivía y si podíamos vernos después, pues de improviso llegó mi amigo y –contra mi voluntad- nos marchamos. Qué cosa. Desde ese día no dejé de pensar en ella. No podía borrarla de mi mente y rápidamente me fui enamorando. Así dio comienzo una relación de mí hacia ella. Fue un amor platónico al principio, pues ya la amaba y ella no lo sabía. Seguramente ni siquiera se acordaba de mí. ¿Pero dónde vivía? Al día siguiente y muchos, muchos más, la busqué con desesperación y nadie me daba razón de ella. Ojalá hubiera perdido un zapato como Cenicienta –pensaba- para localizarla rápidamente. Creí que jamás volvería a verla y sentía el corazón oprimido, hasta que me topé con una de sus amigas, quien me dijo. “Vive a una cuadra de aquí y hoy en la noche iremos a una feria instalada en la colonia” ¿Cómo se pudo iniciar esa relación si ni siquiera fue coqueta conmigo? Al estar junto a ella sentía que caminaba entre nubes y estrellas y que los ángeles –siempre han sido amigos míos- me sonreían. y, por lo demás, no me arrepiento. Amigo, yo la escogí entre muchas, nadie me obligó y ahora somos felices con hijos y nietos, recordando aquellos noviazgos de los años ’60 del siglo pasado.