Sudoku

Por: Santiago García

Adán no calla con nada.
Me es muy difícil tratar de explicármelo. Es que nada tiene sentido, Julián, nada lo tiene cuando todo lo ocurrido anda tan disperso, cuando sólo tú no estás aquí. Me parece tan complicado, es que ya casi no recuerdo, pero no siempre fue así, sé que nos tratábamos de otra manera, tiempo atrás, donde lo nuestro me parece más completo y no cabe algo por contestar; veo que debajo sólo faltan tres; dos, uno, cinco, seis, los tres que faltan, tres y nueve: son el cuatro, el siete y el ocho; quiero decir que no fue como anteayer que te encontré detrás del mostrador; En la segunda subcuadrícula, no va el siete porque la columna, entonces ocho o cuatro, pero ocho ya hay adentro, es cuatro; La fila se te hacía interminable, Julián, frente a la caja; Si no fue ocho, sólo resta poner el siete. Sí; Desde la absurda tardanza, la gente chasqueando sus inquietudes con la boca, toda esa molestia, Julián, supe que eras tú porque sólo tú puedes tener a tanta gente enojada con lo que haces; a la tercera subcuadrícula le toca el ocho. En la segunda, veo dos espacios,  sobre el siete y (arriba) del cinco central; Tenía mucho de no verte. Te veías tan torpe cuando alcé la cabeza y te miré alisando una bolsa de sopa para pasarla por el escáner o encontrar el código de barras. La fila te creía completamente torpe, pero yo muy bien me di cuenta que no era eso; faltan el nueve y el tres, sobre el siete no puede ser tres, puesto que la columna, entonces nueve; No, no era torpeza, o más bien eras torpe por descuidado y es que siempre estás descuidado por mirar atentamente. Por exceso de atención Julián, siempre te lo dije; luego va el tres <<Mañana regresa Perico, mañana Perico. Mañana el aeropuerto, puerta 2, Magnicharters (Ya quiero ver su cara mirándome el cabello planchado)>>. Ah, no se ve tan clara, pero la primera subcuadrícula está como sobrentendida. Dos, uno, cinco, (arriba dos huecos), tres, (encima un hueco), seis y vacío.  Falta el  cuatro, el siete, ocho y nueve << Perico bajando del avión, con un congreso encima, McAllen y la satisfacción enrojeciendo sus orejas, su aliento, la respiración>>. Bien, el nueve no va en medio, por la fila, sólo puede ir encima. Aquí está, sólo hay un lugar para el siete porque la columna y la fila, la intersección le da oportunidad de embonar en un único sitio, Sí, donde definitivamente no puede ir el ocho; Ni siquiera te inmutaste mientras el viejo te gritaba; Ya se ve que en el otro extremo cabe el nueve; Contigo nada es lo que parece, Julián, y sin embargo; Sólo un lugar para el cuatro, y en medio para el ocho. Ya está; el hombre echaba mil madres, luego, lejos de espantarte, tú te reías, te daba igual y el hombre lo sabía y más se enojaba. Todo el mundo molesto y tú, Julián del otro lado del mostrador, estabas tan valiente, ajeno, algo así como ofensivo. Ofendía tu serenidad, tu paciencia, tu manera de no encontrar cabida en sus insultos, en los furiosos ademanes; ofendían de veras tus ánimos traviesos de persona torpe, tus disculpas hipócritas, a él y a toda la fila; En la tercer subcuadrícula ya no se ve otro lugar para el seis más allá de éste, junto a mi nueve redondo y la otra subcuadrícula; En ese momento yo creía que estabas por tomarle el pelo, como al borracho de Arteaga, pues te veía igual de altanero, salvo por los intrigosos faroles y su luz naranja, ¿te acordarás, Julián?. Pero no, en el fondo sabía como ahora sé que no era eso; Aún no tengo manera de saber si en los dos cuadros restantes, si el cuatro o el uno. Perico, qué tedioso puede ser esto.  

Aquí la cosa se complica más; la cuarta subcuadrícula necesita al uno, al dos, siete y al nueve encima de la L  formada por los demás. <<Perico, mañana la recepción, al rato un poco de pobreza, ésta bien, pobreza contigo y menos de quince días>>. Hay dos lugares posibles para el dos entre las otras dos columnas, un sólo lugar para el siete y entonces sí el dos al centro, uno específico para nueve y luego va el uno. Ah, perfecto; Eres de los que acaban siempre por elegir meter la mano hasta el sifón, bajo el agua corriendo. Aún cuando no hay necesidad de elección. No me acuerdo quien lo dijo, pero es verdad, Julián, siempre has sido así y tal vez por esto ahora te alejas. Sé que no soy todo lo que te pasa. No me es fácil deshacerme de ti, Julián, te extraño mucho, te quiero mucho y sin ti siento que algo me falta y que todo está mal. Julián, casi me acuerdo de nuestra convivencia; Nueve, tres-seis-cinco-cuatro. Nueve aquí no, un lugar para el seis, ya. Uno para el cinco. Entonces también uno para el nueve, ya. Definitivamente tres aquí no, cuatro. Listo; ¿Recordarás todavía ese restaurante? Aquel, parece, entre Cananea y, bueno, yo no sé de calles. Nos sentamos en el rincón más próximo a la ventana. Mientras te comías aquel filete de pescado a la plancha - me acuerdo porque en un tu vida habías cenado tanto pescado, me dijiste- me señalabas a la gente, yo acababa de egresar de la facultad. Cuánto me hiciste reír, Julián, cuando me contaste los orígenes de la goma de borrar, la biografía del caucho, que el Castilloa elasti-no-se-que, que durante el mil setecientos, un tal Joseph Algo, porque agitabas tanto la mano y te veías tan enfadado, tan absurdamente molesto porque ningún egresado en su reputa vida repararía jamás en conocer el origen de tanta pelusilla inhalada en las aulas de clase durante los exámenes. Qué vida tan vacía están llevando, dijiste, y me mirabas dolorido; sexta subcuadrícula, uno, dos, cuatro, también, el siete. Un lugar para el dos, sobre el primer renglón  vacío de la tercera cuadrícula. Tres lugares probables pare el, no, únicamente aquí, junto al dos, el siete. Uno y cuatro, otra vez; Tú contabas, yo me reía. Hemos sido siempre así, como las caras de una moneda. Es que mi risa no podría existir sin esos cuentos, y tus cuentos no podrían existir sin; Ah, un cuatro encima, en ésta columna, entonces una forma de acomodar el cuatro, el uno; Tal vez sea momento de dejarlo ir, lo pasado, pasado. Anteayer en el mostrador recordé tu teorema del mostrador, siempre te dije, ahí te quiero ver, y anteayer al fin pude verte. ¿Recordarás a ese otro cajero? Precisamente aquella noche, cinco de la mañana y el café de expendedora. Ahí soltaste tu famoso teorema del mostrador. Lo discutimos, para desagrado del cajero, y de un momento a otro reíamos los tres; Mira, el cuatro y el uno de la primer subcuadrícula ahora cobran sentido, ya tienen un hogar; Nos explicabas que delante del mostrador bien podía haber de un momento a otro un abismo, un tonel repleto de serpientes. Que podía ser la baranda de un balcón o el parapeto de un precipicio, el cajero y yo te entendimos mejor por tus movimientos, fue tan gracioso. El caso, según tú, era conservar la calma, ante todo, que lo mismo te exacerbaban los descoloridos mosaicos en el piso que la inquieta espuma en un, ¿un remanso? Algo muy tonto, de todas maneras. Y me sorprendió encontrarte de tal forma al otro lado del mostrador. El hombre molesto bien pudo ser las serpientes, o la fila, y tú reías, y yo estaba al otro lado, en el precipicio, en el mar…

La séptima subcuadrícula, a ver. Uno, tres, cuatro, el ocho y el nueve. Bien. Uno…inferior izquierda. Tres, ni aquí, aquí tampoco, en medio. Cuatro: no va aquí, no va aquí, superior derecha. Nueve, aquí, junto al siete. A veces puede ser tan sencillo. Ocho; Es que tú no me querías, Julián. Admítelo. Ni aún antes de lo de Perico. En ese entonces me habías dicho que me amabas. Tú no me amas, Julián, es sólo que eres muy terco. Parece que no es eso, yo diría, pero mientras buscas; Ah, el dos, <<tres>>, cuatro, <<cinco, seis, si…>> ete, <<ocho>>, nueve; Cuenta hasta diez; dos en medio. <<aquí, no, la columna. La siguiente cuadrícula>> Cuatro, inferior derecha. << Siete de la quinta>> Siete encima. Nueve. <<Ya está>>; quien me quiere te odia, me confesaste, después de lo de Perico. ¿Cómo me iba yo a quedar? pero me quede y tu ahora estás ausente. Tú empezaste a alejarte. Tú no me amas. Después te conocí lo de Isabel. De ella sí te enamoraste. Lo sé, Julián, una sabe. Y es que no parabas de hablar de ella, no era precisamente un hablar de ella, pero al volver de su lado seguías debatiendo el mismo tema con quien fuera, como respondiéndole, o esperando responderle todavía, a Isabel. Era molesto. Y me daba tanto coraje. Pero para ti amor era eso, eso era enamorarse. Conmigo eras más consciente, lúcidamente atento a todo lo que hacías. Para ti amarme estaba en comprenderme, en adivinarme, en pensar, las palabras correctas, en los detalles, sin hablar, en darlo todo así,  mojarme espontáneamente con un aspersor. Abarcabas todo, todo cuanto necesito, te inmiscuías en todo lo mío, te adherías a mi vida como algún órgano no vital, como un pensamiento. Escucharte hablar de mí me hacía sentirme como en el primer vistazo al espejo a primeras horas de la mañana, malhumorada, a veces estúpida y huraña. En nada me hacía gracia. Pero también había algo más –como en el espejo a primeras horas de la mañana- una especie de admiración, de vanidad, de esperanza, brillando encima de tus ojos; Uno, dos, <<tres-cuatro-cinco, seis>>, siete, nueve. Un lugar para el uno, para el dos, ahí junto. Para el siete, entonces para el nueve. Pero entiende, Julián, el amor no es así. Tal vez cualquiera podría pensar igual que tú, o  no cualquiera, en cambio Perico no entiende por qué lo hace, y es que amar es eso, Julián, no saber por qué. Con Perico todo es nuevo, a cada mirada se siente como un descubrimiento, un temblor en la espalda que se apodera de los labios y la razón y devuelve al mundo las  apariencias, Julián, lo demás se torna desconocido, nosotros buscándonos al acercarnos, la escasa distancia se vuelve un camino tenebroso que hay que atravesar tomados de las manos. Es entonces que me siento más segura, sin saber que hacer, poco me importa. En cambio tú sabías bien aquella noche, dónde pararte, cómo mirarme, qué decir. Ahora me pregunto si como aquella noche estarás ahora esperando el alba, parado en el lugar específico, a la hora específica en que el mundo traza su línea meridional, separando el día de la noche ante tus ojos, deslumbradamente quieto y preparado para decirme, o para pensar en las fotografías, el globo terráqueo, en la atmósfera,  participando en una línea mundial y dejándote absorber por el sentirte tan insignificante, entre una línea que separa al mundo que duerme, de la actividad diurna. Son tus palabras - ¿por qué había qué llorar?-,  pero aquella no fue tu cara, no siempre tu cara si anteayer no estabas al otro lado del mostrador, como no has estado desde aquella noche en que hubo que quitar todo dedo del renglón, ser sinceros y saber bien que era eso, para tirar las cosas de niños, sólo eso a la basura.

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